1 de octubre de 2016

¿En qué mortero majas tu vida?

En la medida de mis posibilidades, me gusta que mis invitados se encuentren contentos y bien atendidos, así que me he puesto a guisar para ellos y he decidido utilizar uno de los morteros que tengo. ¿Cuál me ofrecería mejor el resultado que persigo?

El mortero es un un útil de cocina que se usa, como sabes, para machacar especias, semillas, etc.

Como todo en esta vida, se puede machacar cualquier cosa, sin ton ni son, de forma distraída o concentrada, mezclando los elementos al tuntún o siguiendo escrupulosamente las cantidades estipuladas en la receta que se esté cocinando...  En función de cómo lo  utilicemos  podremos conseguir un comistrajo o un manjar apetecible cual ambrosía.


Los ingredientes a machacar pueden ser tan diversos como los guisos que se pueden elaborar en una cocina medianamente bien abastecida: es cuestión de saber escoger lo más apropiado, en cada momento, de todo aquello que tengamos en nuestra despensa.

En cualquier caso, el uso del mortero supone que la persona que cocina quiere conseguir una mezcla homogénea pero no triturada, y además supone también que está dispuesta a emplear el tiempo necesario para realizar esta operación de forma manual.

Y, después de contemplar los morteros y escoger el más adecuado, mi cabeza ha dado un salto a otro estadio y me ha susurrado:  "mira, es la representación de la vida".  Así que aquí me tienes, haciendo ese paralelismo.

Veo un mortero pequeñito, de alabastro, prácticamente blanco (el color inocente que lo refleja todo)  en el que apenas caben unos pocos ingredientes. Si decido utilizarlo tendré que ir volcándolos poco a poco y majar despacito, para evitar que salten y se desperdicien. Y, claro, tendré que repetir la operación más de una vez para conseguir la cantidad adecuada.

Este mortero se parece a la infancia:  vamos incorporando poquitos ingredientes, tratándolos poco a poco y en dosis repetidas, para que la criatura pueda ir incorporándolos en sus rutinas diarias hasta que estén bien asimilados:  nociones de higiene, capacidad de aceptar un "no", alegría de compartir... poco a poco, su cabeza y su corazón se irán preparando para abordar con éxito las sucesivas etapas de la vida.  Si elegimos bien los ingredientes y los majamos con perseverancia y delicadeza estamos ayudando a modelar una futura buena persona.

También veo un mortero de cerámica. Amarillo, del color de la alegría y el empuje.  Es más grande que el anterior.  Qué bien, me caben más ingredientes y en mayor cantidad, puedo majar de una forma un poco más enérgica en caso de necesidad sin peligro de que los ingredientes se escapen.  Además, eso es nuevo, dispone de un canal para verter el contenido procesado si lo estimo conveniente.

Este mortero refleja la juventud:  más valores a incorporar, más conocimientos a adquirir, más descubrimientos a hacer, más mezclas para probar y enriquecer el guiso... y con la gran ventaja añadida de que la persona joven ya está en condiciones de comenzar a compartir parte de lo que previamente ha procesado:  tiene suficientes recursos y suficiente bagaje ético como para decidir qué mezclas debe hacer - en función de los ingredientes disponibles y del tipo del guiso a realizar - y qué parte del todo ha de compartir con los demás para favorecer su propio crecimiento y el de su entorno:  familiares, amigos, colegas, pero también entes intangibles como la sociedad y la naturaleza.

El tercer mortero es de piedra.  Piedra oscura, de un color gris - negro, ese color que condensa casi toda la gama de colores.  Además es el más grande de los tres.  En él se pueden conseguir mezclas de lo más variopinto, porque su gran capacidad permite trabajar simultáneamente la cantidad de ingredientes que deseemos, con la única limitación de tenerlos disponibles en la despensa. También nos permite majar despacito o vigorosamentes, sin riesgo de perder los ingredientes.  Y cuenta también con el canal para verter el contenido procesado.

Este mortero representa la etapa adulta: se han absorbido muchos colores / experiencias, se tiene más capacidad de recibir y procesar múltiples ingredientes a la vez, se pueden conseguir más mezclas diversas en función de más variables diferentes, se pueden  aprehender las experiencias de forma más sutil o enérgica... y se tiene el canal más amplio de los tres modelos, apto para compartir más, mejor y más a menudo con los demás.

Así que los ingredientes son las situaciones que nos depara la vida, y los morteros son lo que hacemos con esas situaciones: pequeño mortero = pequeña elaboración, etc.

No podemos utilizar ingredientes que no estén a nuestro alcance, del mismo modo que no podemos utilizar  situaciones que están viviendo otras personas.  En cambio,  podemos decidir  qué mortero vamos a usar,  (salvo en la infancia, obligados a usar el blanco, pequeño y de alabastro) amarillo, mediano y de cerámica en la juventud, y gris, de piedra y grande en la edad adulta.

Fíjate en qué forma se pueden apilar:




El mortero de la edad adulta contiene en sí los de la infancia y la juventud, y puede además hacer algo que los otros dos no pueden:  trabajar con pocos o muchos ingredientes y con pocas o muchas cantidades.  Es decir, el mortero grande puede hacer lo mismo que el pequeño y el mediano, y además hace algo más sofisticado y complejo que no pueden hacer los demás.

Así que, en resumen, una persona adulta puede elegir si conviene comportarse como un niño, un joven o un adulto:  la elección estará subordinada a la cantidad, calidad y simultaneidad de los "ingredientes" a tratar y de los resultados a compartir.

Por eso me gustan tanto las personas que, sin dejar de ser adultas, se comportan a veces - conscientemente - como niños o jóvenes.  Maravillas de nuestra compleja esencia humana :-)

2 comentarios:

  1. Cristina Rubio3/10/16

    Qué precioso paralelismo el de los morteros!!!
    Cristina Rubio

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me gusta que te guste, amiga mía :-) Muchísimas gracias

      Eliminar